"A la mañana, el viento solano había traído la langosta. Subieron por toda la tierra de Egipto, y se posaron sobre todo el territorio de Egipto, en tan gran cantidad como ni la hubo ni la habrá nunca. Cubrieron toda la superficie de la tierra, que se oscureció. Devoraron todas las hierbas de la tierra, todos los frutos de los árboles, todo cuanto había dejado el granizo; y no quedó nada de verde, ni en los árboles, ni en las hierbas de los campos, en toda la tierra de Egipto". (Éxodo 10; 13-15)
Así se narra la octava plaga con la que Yavé castigó al faraón, después del granizo y antes de las densas tinieblas. No hay certeza histórica de que efectivamente sucedieran así, pero lo que está claro es que el narrador bíblico sabía lo que era una plaga de langosta. Plagas que, a lo largo de milenios, se han seguido sucediendo por esa geografía. Quizá en un rincón del periódico de estos meses, monopolizados por las noticias relativas a la pandemia del coronavirus, hayas leído la noticia de que, en estos momentos, una enorme plaga de langosta se está extendiendo por toda la zona noreste del continente africano, afectando gravemente a países como Somalia, Etiopía, Eritrea, Kenia, Sudán y Sudán del Sur. Y también está llegando a los países del Golfo, y a los países ribereños del Mar de Arabia: Irán, Afganistán y Pakistán. Si llega con fuerza a La India, puede ser catastrófico.
El cómo se origina y desarrolla una plaga de estas características es un fenómeno ciertamente "curioso". Y por eso lo voy a comentar.






